Iggy Pop

Cuando dieron las 9:30 de la noche, con puntualidad impropia de una estrella de su calibre, Iggy Pop saltó al escenario, con el torso desnudo y fibroso, y los pantalones vaqueros de costumbre. A su espalda, The Stooges, con pelos canos y pareciendo ser mucho más mayores que el sexagenario ser que los lidera.

Cuando un concierto comienza con Raw Power y Search & Destroy, sin ni siquiera un saludo, todo hace indicar que a partir de ahí, todo debe ir para abajo. No se puede empezar más arriba y con más fuerza. No se puede, a no ser que no quieras subir más o que seas Iggy Pop.

Cuando se mira alrededor en un evento como éste y se ve a pimpollitos de veinte años dignas de ser seducidas, a la vez que espantosos personajes de más de cincuenta tacos con chaquetas de piel de serpiente, lo menos que se puede hacer es pensar si realmente el punk ha muerto o ha evolucionado muy bien… Nunca me respondo a preguntas tan estúpidas, con echar una mirada en dirección contraria se ve alguna cresta en la cabeza de un chaval joven y a una mujer de espléndida madurez emocionada y desbocada ante tamaño acontecimiento. Puedo seguir mirando, la Riviera está llena a reventar, pero el espectáculo en el escenario es más grande que cualquier cosa que pueda encontrar entre el público.

Cuando se ve la Sala Riviera a reventar uno acaba preguntándose –estúpidamente otra vez- el porqué de las palmeras en el medio de la sala, el motivo de su mala acústica, el origen de tan extraña disposición espacial, la razón de los palcos orientados a cualquier sitio menos el escenario… Si algún día montara una sala de conciertos, ya sé cómo no debe ser.

Cuando un tío de 63 años se escupe el torso y tiene a media sala rezando por ser ellos los escupidos, cuando golpea con violencia su micrófono en el suelo y se da manotazos con las primeras filas, cuando baña al público con agua y les roba las copas, cuando Iggy Pop se pone frente a un público entregado, sólo cabe esperar lo mejor. Que un tío de esa edad haga lo que hizo el viernes 30 de Abril en Madrid, es una patada en la cara a los esquemas del buenrollismo imperante en el panorama musical que suele copar las salas de Madrid, y demuestra viendo al variopinto público asistente (pijos y macarras, punkis y poperos, alternativos y rockeros, sesentones y adolescentes…) que hay esperanzas y que merece la pena salir a comerse la noche en cuanto acabe el concierto. Porque ésta puede ser la noche…

Iggy Pop

Cuando se piensa en la edad del gurú que está dirigiendo esta catarsis con tan sólo un puñado de canciones de su estapa Stooge, con la vida que ha llevado, y el aspecto que tiene, alguno se pregunta con razón, por qué hay tanta persona abarrotando gimnasios donde sudan al compás de un hilo musical digno de la mejor cadena de supermercados.

Cuando la catarsis se hace desorden y una veintena de personas sube al escenario al compás de Penetration, la sensación de que se está viviendo algo muy importante se apodera de todos los rincones de la sala, incluidas las personas que penan tras las palmeras.

Cuando, almidonadas de fuckyous, de algún que otro palabro de agradecimiento en extraño castellano, se suceden Your pretty face is going to hell, Gimme Danger, 1970, Kill City, Fun House… Tamizadas por una actitud de rockstar inigualable que, seguramente, marcó a los Ramones o a los Pistols el camino a seguir, sólo queda esperar que esto no acabe nunca.

Cuando sonó I wanna be your dog, todo el mundo supo que habíamos llegado a lo más alto, y para demostrarlo, nuestro héroe, contradiciendo sus últimas experiencias, saltó al público para demostrar que ni el tiempo, ni unos fans poco entregados en otro concierto, van a hacerle renegar de uno de sus signos de identidad más auténticos.

Cuando ves un concierto en el que un tío de la edad de tu padre salta al público, se escupe, se golpea, bebe y da de beber, se contorsiona, corre, berrea… Y te demuestra que es un puñetero y fibroso ídolo del R´n’R, se te olvida el precio de la entrada.

Cuando sientes que estás viviendo algo único, cuando más aplaudes a rabiar, cuando llega el momento en el que suelen aparecer los bises… Descubres que no hay bises, porque el concierto empezó por ellos.

Iggy Pop

Cuando se ilumina la sala y los más enfervorizados gritan clamando un poco más de La Iguana, empiezas a pensar que los 75 minutos no se te han hecho cortos, sino que ha sido un concierto corto…

Cuando llegan las once de la noche y recibes la brisa del Manzanares en tu estupefacta cara por lo que acabas de presenciar, mezclada con la luz de las sonrisas de los que han estado allí dentro como tú, te das cuenta de que has vivido algo muy grande pero que ya se acabó. Que has visto al tío más salvaje e irreverente de cuanto queda vivo en el panorama internacional.

Cuando has recibido una descarga de rock elemental, tosco, primario, contundente… De manos, de cuerpo, de voz de un tipo de más de 60 años con el fibroso torso desnudo, con unos vaqueros que a duras penas se sujetaban en un varias veces mostrado culo, te das cuenta de que aún hay esperanza.

Cuando vives algo así, quizás te olvides de que has pagado 55 euros por 75 minutos de un concierto, en un sitio como la Riviera: Señoras y señores, ha sido una experiencia con Iggy Pop y los Stooges. Y cuando puedes decir algo así, parece que todo ha merecido la pena

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