22 de noviembre de 2012. 7:45 PM.

Una tarde cualquiera. Ya nos hemos tomado tres cañas… cada uno. Todavía no tenemos ni la más remota idea del gran acontecimiento que nos espera. Edificio Telefónica. Enseñamos nuestros DNIs. Estamos en la lista de privilegiados. Nos dejan pasar. Entramos al gigantesco ascensor. Llegamos a la octava planta. Álvaro nos recibe y nos conduce al lugar. Un entorno entrañable. Vaya, es un lugar donde a cualquiera le encantaría trabajar. Mesa de pin-pon, saco de boxeo con sus respectivos guantes, sofás y butacas por doquier…

Allí estaban los tres magníficos, preparados para “trabajar”. Afinando la guitarra Sean, afilando el abrebotellas Ekain y aclarando la voz Rubén (con cerveza, claro). He ahí el panorama.

Junto a Ekain, allí estaba ella, radiante, deslumbrante, embriagadoramente resplandeciente, la nevera de San Miguel. Nosotros boquiabiertos, escuchamos aquellas palabras: “podéis coger tranquilamente las cervezas que queráis, no os cortéis, estáis en vuestra casa”.

Nos dicen que nos sentemos donde queramos. Todavía no ha venido casi nadie. Frente a los tres magníficos hay unos pufs. Juanfran y yo nos miramos y, sí, efectivamente allí nos quedamos, tirados y despatarrados, con sendas cervezas en la mano. Por un momento me sentí Cleopatra después de darse un baño en leche de burra. Sólo faltaba alguien abanicándome, lástima que no hiciese tanto calor.

Seguían con las pruebas de sonido mientras llegaba el resto del  privilegiado y escueto número de personas que conformaba el público. Se sentaban detrás de los protas (contemplando las espaldas de Sean y compañía), en una mini grada. Parecía que en vez de ir a ver a Dinero, vinieron a vernos a nosotros. Yo allí despatarrado acariciándome la huevada mientras sostenía una San Miguel ya casi vacía. Vamos, que me sentí observado. Pero me importó una mierda, “ya que estamos, vamos a disfrutar” pensé (igualito que un Borbón; Me llena de orgullo y satisfacción que nos hayan acreditado para este concierto tan campechano).

Todo estaba listo. Bueno, no. Necesitábamos más cervezas así que tuve que levantarme. Una putada, porque luego no encontraba la postura adecuada (lo de instalarse en un puf requiere un máster). Ya estábamos en el aire (no os preocupéis porque no salimos volando, la cuestión es que el concierto se proyectaba en directo por streaming). Un concierto interactivo. ¡Lo que es la tecnología! Mucha gente por todo el mundo pudo seguir el concierto por internet y comentar la jugada por twitter (algunos escribían desde muy lejos). Rubén hacía de maestro de ceremonias y llevaba la voz cantante a la hora de leer, comentar y contestar tweets de los seguidores, amén de amenizar el cotarro. Pero la voz cantante cantando (qué juego de palabras, soy un creador) la llevaba, como no podía ser de otra manera, Sean. Yo me sentía totalmente identificado con Ekain (no porque sea vasco como yo), que seguía a lo suyo, abriendo botellas de San Miguel (por eso sí).

El comentario de un seguidor describía a la perfección el panorama: “Esto es España, uno trabajando y los demás mirando”. En efecto, Sean dando el callo tocando y cantando mientras Rubén y Ekain bebían cervezas y seguían los comentarios del twitter. Pero la verdad es que los tres dieron jugo. Fue una tarde-noche amena, estupenda. Entre canción y canción contaban anécdotas del grupo, acontecimientos peculiares, curiosidades varias. El momento álgido fue cuando Ekain nos contó su historia del diente roto. Muchas risas, mucha cerveza y muchas buenas canciones. Música de la buena.

Normalmente tienen mucha potencia en directo. Tal y como nos comentaron ellos mismos, suelen tocar a tope, amplificadores al máximo, que es lo que les gusta. Por eso no están acostumbrados a los conciertos acústicos, pero estuvo muy bien. Una guitarra bastó para que Sean apareciera con su arrolladora voz haciéndose dueño y señor de aquel lugar. La segunda voz de Rubén también es de subrayar. Sus dos voces empastan perfectamente. Si yo fuese gay me los tiraba (soy un romántico).

Mientras tanto, yo seguía intentando pillar la postura ideal pero la cámara pasaba una y otra vez cerca de mí y quería pasar desapercibido, así que por momentos aguantaba en cualquier postura incomodísima. Juanfran llevaba mucho tiempo aguantándose la meada a pito lleno y en mitad de una canción decidió levantarse para ir al lavabo. Eso sí, sigilosamente porque también quería pasar desapercibido. Tan sigilosamente que tiró un botellín de cerveza al suelo y sonó el estruendo en toda la sala. Bueno, un poco de percusión para la causa.

Nos deleitaron con algunos éxitos, con viejos temas que nunca vieron la luz, con temas inéditos que algún día saldrán… Fue un concierto bastante familiar y acogedor. Fue curioso porque la cercanía era tal que parecía que estábamos todos en el salón de alguna casa disfrutando entre colegas de una velada con guitarra, buenas voces y, sobre todo, muy buen rollo. Un privilegio sin duda. Un concierto en petit comité de DINERO. El tiempo voló y después de charletas, canciones improvisadas, peticiones de los seguidores por internet, risas… tocaron la última. Una pena. Se me pasó volando.

Pero todavía no acababa la noche. Aún quedaban cervezas. Ya íbamos un poco bolingas. Entablamos conversación con diferente gente: gente que fue de público, gente que trabajaba en la empresa, alguna italiana (ragazza molto bella), la señora de la limpieza… Con Ekain me puse a hablar de los txuletones de su pueblo, Berriz, los mejores de todo el planeta. Luego se nos juntaron Sean y Rubén. Sean se puso los guantes de boxeo y empezó a bailar (ni Rocky tenía ese juego de caderas). Son unos tipos muy majetes y nos echamos muchas risas con ellos.

Las cervezas terminaron, así que Juanfran y yo decidimos emigrar. Pero la noche tampoco terminó para nosotros porque nos fuimos a un bar de la calle Hortaleza a seguir disfrutando del zumo de cebada.

Un par de horas más tarde salimos del bar y nos dirigíamos a nuestras respectivas casas cuando escuchamos voces detrás de nosotros. Eran Ekain y Sean. Manda cojones. Así que fuimos juntos conversando y echándonos más risas.

Y ahí acabó la noche. Ya no sé ni qué hora era. Pero tarde. Muy tarde.

Fotos: Juanfran

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