Cuando sale al escenario lo primero que brilla es su dorada melena, tan sugerente como su voz. Para mí que ha estado trabajando mucho en esta última, (lo de la melena debe ser una herencia familiar), porque durante el concierto en el Teatro Lara de Madrid juega con las entonaciones, sube y baja tonos de sus temas favoritos y consigue darles un nuevo toque a cada uno de ellos. Tengo la impresión de que antes del concierto Christina ha preparado con mimo la selección de temas, calculando con delicada precisión la distancia adecuada entre las canciones elegidas: algunas de su primera época como cantautora, como “Tú por mí” o “Mil pedazos”, otras de su etapa neoyorquina, algunas más irónicas como “´Tu negro cinturón”, (en la que se sacudió el aire ligeramente lánguido en el que flotó durante casi todo el concierto), y otras de las más poéticas como “Weekend” o “Alta tensión”.

Si hay algo fascinante de la música de Rosenvinge son las letras de sus canciones, todas y cada una de ellas, desde que se atrevió a tirarse a la piscina de la composición: siempre son delicadamente exhibicionistas, metafóricas, enrevesadas, simples, directas, eróticas, irónicas, inocentes y dolientes. Durante su concierto del Lara ellas fueron las protagonistas indiscutibles. Y antes de que bajara el telón, la chica dorada salió en solitario al escenario para despedirse de una forma atípica: “Muertos o algo mejor”, un último toque naif antes de decir adiós. Primero ella y luego su melena.