Enrique Bunbury

Vuelve el estudiante a Zaragoza. Vuelve licenciado en cantinas, escenarios y rock’n’roll. Vuelve aproximadamente un año después de su último concierto en la ciudad inmortal, que además es su ciudad natal. Concretamente, trece meses después.

Podríamos cantar aquello de “ya somos más viejos y sinceros”, pero no. Que nadie espere trucos de viejo héroe renegado. Porque Bunbury es un explorador solitario, y sólo exhibe logros conseguidos fuera de su antiguo grupo. Porque puede perder la brújula y el mapa, pero nunca el sentido de la orientación. Y sus coordenadas lo sitúan ahora en América. Allí se siente en casa, repite desde hace años.

Vuelve Bunbury a Zaragoza. Vuelve vestido con un espectacular traje oscuro adornado con llamas rojas. Tratándose de él no llama la atención. Vuelve con su vieja nueva banda, Los Santos Inocentes, a la que se ha unido en esta gira un percusionista. Vuelve y pide ser odiado por su público: desde el primer single de su nuevo disco o desde un repertorio de concierto despojado de grandes éxitos. Pero su público no podría odiarle aunque se lo propusiera, de la misma manera que él no podría permanecer apático en un concierto aunque se lo propusiera.

Y desde que Enrique pisa el escenario en los últimos compases de la instrumental “El mar, el cielo y tú”, el abarrotado pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza se convierte en un delirio. Dos horas de concierto en las que Bunbury presenta su versión 2012, que no es totalmente novedosa, sino que incide en líneas ya apuntadas anteriormente: un mestizaje entre el rock’n’roll y distintos géneros y sonidos propios del folclore panamericano. O sea, lo que vulgarmente conocemos como “rock latino”, en el mejor sentido de la palabra.

Predominan por tanto los temas de los discos que ya apuntaban hacia ese terreno, especialmente El viaje a ninguna parte. En cualquier caso, pocas concesiones a la nostalgia y ningún rescate de Héroes del silencio, la banda que todo el mundo recuerda pero a la que casi nadie echa de menos. Canciones como “Ódiame”, “Infinito”, “Sí” o “El extranjero” consiguen enardecer a un público que sabe que seguir a Bunbury no siempre es tarea fácil, pero al final tiene recompensa.

Y llega precisamente “Al final”, la ranchera coheniana encargada de cerrar tantos y tantos conciertos. Parece que todo ha terminado. Los músicos se abrazan, saludan y se retiran al camerino. Pero antes de abandonar el escenario, Enrique los para, como si de repente recordara que el de esta noche no es un concierto más. Hoy toca en casa. Hablan entre ellos y vuelven a empuñar sus instrumentos. “Una más y dejamos de joder”, son las palabras que preceden a una desconcertante versión de “El tiempo de las cerezas”, posiblemente la pieza más extraña de toda la velada.

Unos se alegran de que los conciertos sean tan sorprendentes. Otros preferirían algo más convencional. “No ha tocado Lady Blue”, comenta un joven de pelo largo. “Ni Apuesta por el rock’n’roll”, responde su amigo. Mientras tanto, Bunbury y su banda ya están de camino hacia el próximo concierto. Llegarán más giras. Otras canciones. Nuevos sonidos. Todos tendrán su oportunidad. Todos lo haremos mejor en el futuro.

 

REPERTORIO

1.- El mar, el cielo y tú 2.- Llévame 3.- Ahora 4.- El solitario 5.- La señorita hermafrodita 6.- El extranjero 7.- Ódiame 8.- El anzuelo 9.- No me llames cariño 10.- Bujías para el dolor 11.- Ánimas, que no amanezca 12.- Sácame de aquí 13.- Que tengas suertecita 14.- El día de mi suerte 15.- De todo el mundo 16.- Sí 17.- El hombre delgado PRIMER BIS: 18.- Cosas olvidadas 19.- Los habitantes 20.- Infinito SEGUNDO BIS: 21.- Nunca se convence del todo 22.- Al final TERCER BIS: El tiempo de las cerezas

Enrique Bunbury

 

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