Olía a misa. Mucho. A fin de cuentas, con Los Evangelistas no se podía esperar menos. Ambiente oscuro y velas. Menos público del esperado, quizás tres cuartos de entrada siendo generosos. Pero si olía a misa y tocaban Los Evangelistas, a lo mejor mucha gente se lo tomó muy al pie de la letra.

Era un concierto enmarcado de la programación de los Veranos de la Villa y todos sabemos que en la Villa y Corte de Madrid el verano es sinónimo de muerte por abrasión. Además, eran los Veranos de la Villa patrocinados por ¡Madrid! y la candidatura olímpica 2020, por S Moda, y por el Banco de Sabadell. Supongo que a muchos os parecerán irrelevantes estos patrocinios, pero más adelante os daréis cuenta de que es relevante que los nombre aquí.

Igual que me parece relevante empezar por el final. Cuando iba a misa era la parte que más me gustaba, y en este caso, el final del maravilloso concierto que se marcaron Los Evangelistas y gran parte de la familia Morente se produjo con la apoteosis de Manhattan (First we take Manhattan) uno de los emblemas de uno de los discos más míticos e importantes de la historia de la música en este país y que es el germen de esta formación: Omega.

Reconozco que son puntuales los momentos en los que en un concierto se me ponen los pelos de punta. Cuando volví a oír Manhattan me pasó. Supongo que no es algo demasiado relevante, pero tenía que decirlo porque por ello me pagan.

Antonio Arias, Jota, Florent, Eric Jiménez y J. J. Machuca componen la formación inicial encima del escenario. Gloria, En un sueño viniste, Serrana de Pepe de la Matrona y Encima de las corrientes abrieron el concierto antes de que apareciera una de las grandes: Carmen Linares. En algún sitio leí que era mucho lo que le daba Carmen a este grupo. Indudable. Pero lo que este grupo o este proyecto le ha dado a la Linares es estar muchísimo más joven y moderna que cuando vi un recital suyo hace más de 15 años. Eso que se lleva. Y las punzadas de emoción que nos pega dentro cuando canta es lo que nos llevamos nosotros.

Le dio la alternativa a su protegida musical, la ya “Evangelista” de pleno derecho en este segundo disco: Soleá Morente. Si estás leyendo esto y nunca la has visto cantar, todo lo que pueda escribir estará de más. Y si lo has hecho, no merece la pena que escriba nada. En cualquier caso, me ahorro describir la potencia y magia de la pequeña Soleá, que se hace enorme en el escenario rodeada de tíos curtidos en la Granada rockera en formaciones como Lagartija Nick y Los Planetas que la arropan y la cuidan con una veneración mística.

No sólo yo, Dormidos, Malagueña de la Trini, Si tu fueras mi novio, La Estrella, Amante o Alegrías de Enrique fueron el envoltorio maravilloso para ese grito de Antonio Arias al cielo ¡Y viva Enrique Morente! para comenzar la genial Yo poeta decadente.

Con aquello de “imposible olvidarte, yo seré como la hiedra” le decía Soleá adiós a Madrid. Aunque al instante volviera para lucir sus capacidades vocales ella sola, junto a Florent al piano, y poco después aparecerían Montoyita y Jose Enrique Morente, para empezar a derrumbar el Circo Price con Alegrías del Incendio, previa a la apoteosis que produjo el regalo de la noche: La presencia de su ya más que consagrada hermana Estrella, perfectamente ataviada para la ocasión con una camiseta de los Rolling y el pertinente chaleco negro con el nombre de su padre, mucho más suelta, desenfada y rockera de la imagen habitual que se tiene de ella.

Probablemente, no saldrá nunca así vestida en S Moda, publicación copatrocinadora de Los Veranos de la Villa, que repartían con generosidad a la salida y que (Las Gafas de Mike siempre al servicio público de iluminar en el desconocimiento) para los que no lo sepan, se trata de una revista que entrega El País los sábados, que han intentado vendernos como una publicación para mujeres diferente, seria y rigurosa y no deja de ser igual de seria y rigurosa que todas las demás “publicaciones femeninas”. O sea, moda, tratamientos de belleza, algún chismorreo y la venta del concepto de tener que estar estupendas y maravillosas como ellos nos dicen. Vamos, la misma mierda de publicación de siempre pero disfrazada de revista más cool que las demás porque es del Grupo Prisa y el Grupo Prisa es más moderno y elegante… Pues eso, si no me creen, cojan el próximo S Moda y hablamos sobre ella, que ahora no es el caso. Como tampoco es el caso de hablar del patrocinador principal, el Banco de Sabadell, pero por aquellas alturas del concierto yo ya estaba más que preparado para protagonizar uno de sus spots de conversaciones, hablando con Jota y planteando un reto de grandes proporciones a quien quisiera subtitular el diálogo. Supongo que, como tantas otras veces, me he ido por las ramas, pero es que cada vez que veo el logo de Madrid 2020 por ahí me pasa igual. O quizás fuera todo lo vivido. Quizás se tratara de una misa en honor al Gran Don Enrique, el más rockero de todos los flamencos, ya que entre muchas miradas al cielo, señales, canciones propias, se colaron por allí una buena parte de su clan familiar y mogollón de chalecos con su nombre en plateado.

El concierto fue un encuentro mágico de dos mundos, el rock y el flamenco. Con la mano de Enrique Morente dirigiéndolo todo. Probablemente, una eucaristía al servicio de muy pocos, por la que tenemos que dar gracias a Dios, al Dios de estas cosas, al siempre presente Don Enrique Morente.

Al alma de Enrique Morente, cerrando aquello con lo de Si unos ojos te llaman mira primero, donde pones el alma no llores luego…

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