Shuarma

Estoy en un bar. Han pasado horas, muchas horas después del concierto. Pero me siento exactamente igual que el día que entré con mi amiga por la puerta de la sala Sol para ver a Shuarma. Ella no sabía ni de quién le hablaba. Sí hombre, ¿te acuerdas de Elefantes?, ¿te acuerdas?…

Pero mi amiga sólo había venido para verme a mí.  A la loca que se fue a vivir a Barcelona. Y yo no era aquella loca que esperaba ver. Era “otra” loca.

Es probable que tampoco fuera Shuarma el ex cantante de Elefantes que esperaba ver yo. Era diferente. Como yo. Era otro. Como yo también. Uno que decía en voz alta que la industria estaba fatal y que no sabíamos la gratitud que nos oficiaba por estar allí.  Delante de él, coreando sus canciones, aplaudiéndole, habiendo gastado parte del sueldo para verle. O parte de la prestación. Porque la mitad de los jóvenes están parados en este país. Eso lo sabíamos los que estábamos delante del escenario y los que estaban detrás. Todos sabíamos que este país estaba como estaba, pero… Cantábamos y gritábamos las canciones del último disco de ese chico con mirada profunda, extraña, que movía las manos y los brazos como si por arte de magia estuviera a punto de hacer aparecer un conejo de la suerte.

Shuarma

Y va y nos dice que cometemos errores. Que a veces cometemos errores pero “hay que caer”. Y cuando eso pasa “convertimos gotas de agua en lagos y esperamos además que el mundo se ordene”. Eso dice en su último disco. Que los sueños se van deshaciendo, si. Pero… ¿Y quién dice que eso sea malo? Hay que caer, dice un chico de ojos azules sobre el escenario. Y a unos centímetros de él hay una catarsis colectiva. La gente cierra los ojos, sube los brazos y mueve la cabeza, como diciendo que sí, que ellos también cayeron en algún momento. Parece que el chico del escenario nos da permiso para errar, parece que dice que no pasa nada por caer, todo lo contrario, así “cultivaremos nuevas formas de pensar”. Y si Shuarma dice que no pasa nada, pues genial.  Movamos el esqueleto. Perdonémonos pues.

Y todo esto después de pedir al “enemigo” que le dé más veneno…. Como yo hacía por esos días. Y como todos alguna vez. Pidiendo al “enemigo” que le “ayude, que sólo no puede, que ya nada le importa si se va, que lo único que puede hacer es ir tras sus pasos”. Eso nos contó Shuarma aquella noche en la sala Sol. Aunque el “enemigo” haya cerrado la puerta que nos había abierto para siempre, pensaba yo. Pero Shuarma está empeñado en recordarnos a ese  yonqui que hemos sido, o que somos y ese absurdo estado en el que nos encontramos justo antes de la reconstrucción, cuando en pleno mono, no hay dignidad, orgullo o razón que valga, que nos impida suplicar un segundo a su lado.  Suplicar al “enemigo” que nos deje oler su piel… Para poder volver a estar en vena, por un segundo.

Shuarma

En la sala Sol.  Sacudiéndose las suyas con el dedo índice y corazón del otro brazo (menudo nombre le pusieron al dedo).  Y después más, ¡¡¡vivamos los arrastrados!!! Un local lleno de gente grita: “¿dónde estás que no te veo?”. “No me quiero volver a asustar”, dice un hilo de voz, “repíteme por qué te vas, por qué no estás, que no lo consigo entender” (…) “Porque todo quema, todo lo que hay a mi alrededor”…

En el techo del camerino justo antes de salir al escenario los músicos han encontrado algo. Algo que considera Shuarma que debemos saber. Porque sabe  que los que están allí coreando sus canciones siguen sus pasos desde hace años. En ese techo plagado de firmas y recuerdos de todos los que han pasado por allí hay una firma de los Elefantes. La gente aplaude emocionada y yo me muero de ganas por entrar en ese camerino. Antonio Vega pasaría muchas veces por allí. Para el amigo un recuerdo, el “elixir de juventud”. Un recuerdo a él y a todos los amigos ausentes. Y a todas las almas bellas, pienso yo desde la barra de unos de los garitos con más solera de Madrid.

Me voy de la sala Sol. Sin que mi amiga sepa por qué soy “otra” loca distinta a la que era. Sabiendo que aunque ese chico de ojos azules pintados de negro me haya dicho lo contrario aquella noche en la sala Sol de Madrid, la puerta que me han cerrado en las narices no se abrirá nunca más de par en par.

Shuarma

“Enemigo”: acuño en el vocabulario del texto este término y no al vocabulario de Shuarma. Amante que no es amante, porque él nos ha dejado. Y desde ese segundo es nuestro contrario en la batalla, aunque no lo sintamos como tal.

Fotos: Nacho López

Shuarma

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